Arcoiris Pets

Un lugar donde tu mascota encontrará el reposo y tú todos los servicios que necesites para su recuerdo y homenaje que desees.
Domingo, 30 Julio 2017 14:39

Ruby y el Arcoíris de los animales

Ruby era un cachorro de golden retriever. Cuando la vi por primera vez, asomaba la carita por entre los barrotes de su jaula en la tienda de animales. Estaba enganchada a la puerta, intentando escapar con las garras firmemente agarradas al pestillo. Me di cuenta de que era muy lista; sólo había visto ese proceder en algunos perros grandes, de los considerados más inteligentes, como los labradores. Interrumpió mis pensamientos su mirada negra con una estrella brillante al fondo. En aquel momento nos enamoramos, en aquel momento comenzó nuestro romance, en aquel momento decidí llevármela a casa y construir (aunque esto yo no lo sabía aún) un altar en su honor.

Los primeros tiempos fueron muy difíciles. Ruby echaba de menos a su madre y a sus hermanos y lloraba por las noches. Entonces, la estrella de sus ojos se hacía más grande, inmensamente grande, y a mí se me partía el corazón. Esas noches, la estrechaba entre mis brazos con mucha fuerza, porque los dos estábamos solos y los dos teníamos frío. Era una cuestión de piel.

Ruby y el arcoíris de los animales - Cuento de Mascotas

Un buen día se me ocurrió averiguar el paradero de su familia de sangre. Los lamentos de Ruby se habían ido extinguiendo como las ondas en el agua después de que un chiquillo con buena puntería lance una piedra. Era mi niña en todos los aspectos. La alimentaba, la vestía a la última moda canina, la acompañaba al dentista, al peluquero, al veterinario y al parque perruno. Y nuestro largo, largo paseo matutino no nos lo quitaba nadie.

Fueron muchas las infructuosas horas que pasé delante de la pantalla del ordenador buscando respuestas, hasta que me tropecé en el navegador con una familia en Inglaterra que posaba feliz con un par de golden retrievers idénticos a Ruby. Esto no tiene nada de raro, porque todos los perros de la misma raza se parecen entre sí. Lo extraordinario del caso es que en la pared del fondo había colgada una plaquita. Cuando amplié la imagen, podía leerse: “Miss you, little sister Ruby”.

Había transcurrido un año y Ruby y yo ya formábamos una comunidad de espíritus, pero yo tenía que saber. Un maldito mes de septiembre, llevé a Ruby a una revisión ordinaria. Veinticuatro horas después, me llamaron de los laboratorios clínicos. Tenía que acudir al veterinario con urgencia. Ruby tenía una enfermedad incurable y que se estaba extendiendo rápidamente por su cuerpo. Yo no podía creerlo, ni aún con los resultados en la mano. Pedí que se repitieran las pruebas, pero en el fondo sabía la verdad, y no quería que mi niña sufriera más.

Fue entonces cuando contacté con los Peterson. Efectivamente, habían comprado dos ejemplares de golden retriever en una tienda de mascotas de la Costa del Sol. Me dieron referencias exactas de fechas y sitios, el nombre de los padres y el pedigrí de la camada. Ruby era la hermana al otro lado del Canal de la Mancha. Les conté lo que pasaba, y no se lo pensaron dos veces. Esa misma noche tomaron un vuelo y se presentaron en casa, los rubios cabellos alborotados y las mejillas encendidas por la emoción.

Los tres perros se reconocieron y se acariciaron. Luego apoyaron sus cabezas uno sobre otro, exactamente como hubieran hecho cuando eran bebés. Sarah Peterson tomó muchas instantáneas. Todos teníamos la piel erizada. A Ruby le quedaba una semana de vida, y no paraba de dar lametones y besos a sus hermanos bretones, de transmitir esperanza en aquel salón que ya presentía, como un golpe de maza, su ausencia, de hacer brillar la estrella errante de sus ojos, más grande y resplandeciente que nunca.

Ruby y el arcoíris de los animales - Cuento de Mascotas

Los Peterson nos acompañaron al velatorio y al entierro. Los lamentos y aullidos de Toby y Ligia se escuchaban en todo el cementerio. Los humanos no podíamos hacer otra cosa que llorar en silencio. La familia Peterson y yo nos tomamos de las manos y rezamos una plegaria, parte en cornish (el dialecto de Cornualles), parte en latín:

Siempre estaremos en este jardín esperándote
Junto al gran árbol testigo de nuestro amor,
En esta acequia que se lleva las aguas
Puras, limpias y tranquilas
Donde bebías, oh Ruby.
Vuela la estrella de tus ojos al cielo frío
Donde caminas errante, en búsqueda
De los que como tú cruzaron el arcoíris sin retorno.

El cementerio de animales estaba tan tranquilo, que podía escuchar los latidos de mi corazón. Algunas familias limpiaban y sacaban lustre a las placas, o colocaban flores frescas en los jarrones, o entablaban conversaciones sin palabras con sus mascotas, conversaciones tan antiguas como el tiempo sin discontinuidades de la memoria. Hojas secas, fechas casi ilegibles, fotografías borrosas, y un amor constante más allá de la muerte…

De cómo Ruby cruzó el arcoíris y llegó a un mundo maravilloso

No, no quiero irme, porque Miguel me necesita, pero ha llegado la hora de partir. No tengo miedo. Soy un golden retriever, y los golden retriever somos temerarios, y bajaríamos al último círculo de los infiernos si fuera necesario. Pero me duele mucho, tanto que no puedo respirar, y no quiero estar así. Yo no querría este suplicio para Miguel, ni para él a quien adoro ni para nadie. Él intentó todo lo que estaba en su mano para curarme, pero los médicos le dijeron que no se podía hacer nada. Aquél día lo pasamos juntos; el pidió una excedencia en el trabajo y en lugar de posar el portátil en el regazo fue mi cabeza la que no se movió de allí.

Miguel es de los que piensan que los animales entienden, y más en mi caso. Dice que la estrella de mis ojos es inteligencia, y desde que me adoptó no ha cesado de hablar conmigo como si fuéramos dos iguales. ¡Se lo agradezco tanto! Porque él no lo sabe, pero tiene razón. Hay un alma en mí. Ayer se acercó muy serio a mi cama del hospital y me explicó que ya nunca más sufriría, que los dolores terribles desaparecerían. Sólo tendría que aguantar un pinchacito,  como las vacunas de cachorro, sólo que un poco más grande. Después, me quedaría dormida y los dolores cesarían. Y luego, en algún momento, él y yo nos reencontraríamos…

Pero este lugar es un desierto. Una pared de fulgor amarillo inacabable, bajo un sol terrible. Cierto que no tengo dolor, ni necesidad de respirar, ni hambre, ni sed. Pero, por primera vez en mi vida, estoy sola. Y comienzo a aullar guturalmente el nombre del que ha sido mi padre. “¡Miguel!”. Y recuerdo sus manos siempre abiertas, los dedos amarillos del tabaco, la fraternidad de sus ojos en mis ojos.

De repente, todo tiembla a mí alrededor, como si se estuviera produciendo un cataclismo. La luz amarilla se parte y se rompe en mil fragmentos, uno de los cuales, magenta, cae sobre mí frente como un extraño tatuaje. Así siento que mi alma entra en una corriente divina, que he cambiado de naturaleza, que soy etérea y puedo volar. Todo palpita a ritmo frenético y el paisaje es una selva cálida con muchas y frondosas variedades de plantas. Al fondo, se ve el océano, pero no es un océano cualquiera. Su color es primigenio, índigo. Llueve, pero la lluvia no moja. Puedo hacerme grande y pequeña y bucear en los charcos. Cuando me canso de jugar, veo que sigo estando sola…¿O no? Cuando mis ojos se han acostumbrado a la luz cambiante, percibo que una pequeña iguana, muy tiesa, muy en su papel, me está esperando al borde de un camino de guijarros plateados: “Bienvenida a la puerta de acceso al Arcoíris. Sólo las almas puras pasan la prueba”. “¿Qué debo hacer?”, pregunto. “Nada. Ya lo has hecho todo. Has dado todo el amor que había en tu corazón. La puerta, tan estrecha para algunos, está abierta para ti.

Entonces, me doy cuenta de que el temblor en la dimensión amarilla, nada más aterrizar en el otro mundo, eran los latidos de mi propio corazón.

Por primera vez tengo miedo. Convoco la imagen de Miguel para armarme de valor. “¿Volveré a ver a mi padre?“. “Sólo tienes que cerrar los ojos”, responde, enigmática, la iguana.

Su mano es de hielo cuando me empuja suave, invitadoramente, a cruzar.

Y es entonces cuando me faltan las palabras para describir lo que veo, el Arcoíris, mi nuevo hogar. El bosque tropical es incluso más frondoso que en el mundo anterior. Toda clase de simios juegan colgándose de las ramas. Panteras, tigres y leones persiguen a las hienas por diversión, y luego unos y otros hacen las paces porque en el cielo nadie nunca está enfadado con otro, por mucho que en la tierra fueran los más acérrimos enemigos. Las hormigas son moradas, o blancas  o rosas, y sonríen todo el tiempo, por fin ociosas. Los leones marinos, las focas y las ballenas tienen esculpida una esmeralda en la cola, y como nadan en grupos desde el cielo parecen constelaciones. Los gatos (¡estaba Cory, la Carey de Magda!), cantaban a dúo con las cacatúas.

Y unos lametones inesperados…dos ejemplares de golden retriever parecidos a mí pero muy, muy viejitos. Mis abuelos. Con sus tatuajes magenta en la frente, señal de pureza, y su porte señorial, las espaldas rectas a pesar de los años…nos quedamos dormidos un año, ciento o mil (aquí el tiempo no cuenta). Y, cuando despertamos, somos estrellas errantes, espíritus desnudos, dispuestos a encarnarnos para hacer más dichosa la vida de otro ser.