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Viernes, 09 Junio 2017 15:17

Lita, la Beagle enana

Acabo de venir al mundo y ya todos me observan con una mezcla de aterrorizada emoción. “¿Por qué es tan pequeña?”, pregunta un niño guapo y rubio del que enseguida me encariñaré. “Porque ha sido la última en nacer”, le responde un señor con bigote, sonriéndole con unos enormes dientes resplandecientes. “La voy a llamar Balalaika”, dice el niño rubio, pasando su dedo gordito por mi cabeza amodorrada. “Hijo, ése es un nombre muy grande para una perrita tan chica”. “Bueno, papi, se llamará Lita”. Y levanté la cabeza, en señal de asentimiento.

“Mamá, la Lita se está quejando”, dice mi amigo, el niño rubio.

“Mira nomás que tripota, Claudio”, señala Mamá. En efecto, como soy bien chiquita, todos me dan bibi, el Abuelo, la Abuela, las Tías, Papá y Claudio. Mamá los convocó a todos y les dijo muy seriamente:

“Lita morirá si la siguen sobrealimentando así. Y si eso ocurre, me volveré a mi país, ¡rusos sin grasia!”. Mamá es mexicana, o mejicana, del D.F., y cuando se enfada mucho les llama a su familia rusos blancos o rusos sin grasia que, presentado el caso, es lo mismo. La cosa es que su papá, el abuelo de Claudio, le había regalado una parejita de cachorros Beagle y como vivían juntos todo el tiempo y cazaban mariposas se enamoraron y tuvieron ocho cachorros más uno…yo. No me esperaban ya, tiempo forzando el parto y ninguna cabecita  más asomando. Los demás enganchados en la ubre de Maggie, mi mami…cuando, de repente, un dolor un poco distinto a los otros, un deseo de culminar el esfuerzo y un no saber dónde estaba…soy como la mitad de la mano de Claudio. Un ratón mexicano o mejicano de ojos grandes y brillo de espejo. Orejas largas y pelo suave. La burla de mis hermanos (todos fuertotes, de cuellos nervudos y colas señoriales; rusos blancos, definitivamente).

Soy la comidilla del barrio de santa Fe. Lita por aquí, Lita por acá. Celebren el milagro de la vida con nosotros. Sí, más pequeña no puede ser. De pedigrí, por supuesto, pero por ser la ultimita, no pudo salir más chiquita. Chiquita por un lado, chiquita por otro, chiquita, chiquita, chiquita…los niños malvados hasta me sacaron una coplilla:

A la Balalaika de Claudio

se le rompió la cuerda.

Un ratón mexicano

enmienda que enmienda.

¿Han visto ustedes a una perrita

que responde al nombre de Lita?

Tan chica como mi mano es,

más chica aún,

que cabe en un dedal,

y si le das queso,

ella te entrega parte, y señal.

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Me compran un collar y una placa con mi nombre

El Abuelo y la Abuela se presentan en la casa con una sorpresa: ¡Unas placas grabadas con los nombres de los recién nacidos! Claudio grita y ríe porque será él el encargado de colocarlas en torno a nuestros cuellos. Y, desde ese momento, ya no correremos salvajes por el salón sin una identidad que nos ponga a salvo de nuestras travesuras. Ahora seremos Boris, Jorge, Natalia, Verónica, Iván, Algodón, Violeta, Prados y Balalaika (Lita). Cada vez que se cierra la cadenilla y oímos el “clic”, Claudio profiere un ¡Hurra!, nos da un cachete en las posaderas y nos suelta. Ya somos. Oficialmente. Mis hermanos y hermanas huyen en estampida en todas direcciones y se tropiezan conmigo, sin querer. Yo, con mi cuerpo en forma de pera, la mitad de la mitad de lo que se esperaba a estas alturas (ya nadie espera nada de mí a estas alturas), con mis piernas cortitas y torcidas, no puedo caminar muy bien, y lo que es correr, ni se diga. Pero sueño con esos campos verdes de los que me ha hablado mi mamita, Maggie, de cuando ella vivía en Inglaterra en casa de un matrimonio muy señorial que se dedicaba a la cría de bellos ejemplares como mi mamita y mi papá al que no conozco porque le picó un insecto malo cuando mis hermanos y yo íbamos a nacer…sí que hacían muy buena pareja mi mamita y mi papá (que se llamaba Pongo, como el papá de Ciento y un dálmatas). He visto la foto sobre la chimenea. Me parezco a él, pero en pequeña.

-Mamita, ¿por qué soy fea?

-¿Quién ha dicho tal cosa? No eres fea. Eres diferente. La chica especial de la camada.

-Mamita, ¿por qué soy sólo un trocito de carne con ojos grandes? Claudio se ha peleado con los niños malos por haberlo dicho.

-Amor, Claudio te quiere y eso basta. La opinión de los niños malos no importa. Vives en el corazón de Claudio y él te sabrá proteger de todos los peligros.

-Mamita, ¿Qué es ser enano?

-No hay enanos ni gigantes. Hay seres. No tengas miedo ni por lo corto ni por lo alto. La verdadera grandeza está en el alma, y tu alma es inmensa.

Las dos nos quedamos mirando a la Luna, por si Pongo nos estuviera observando desde ella.

Atención: ¡un beagle enano se ha perdido en el centro comercial!

Claudio se ha empeñado en hacer las compras navideñas en el centro comercial. Normalmente, viene un señor vestido de amarillo con un catálogo también amarillo y unos cuadernos (amarillos, todo hay que decir) y apunta cualquier cosa que el niño y los mayores quieren. Pero este año nos van a llevar a conocer Moscú, y vamos a viajar en la mochila portaperritos en el tren urbano. ¡Cuánta nieve! La Mamá de Claudio dice que en México/Méjico sólo hay nieve en la cumbre de los volcanes, y que para llegar allí se necesitan un par de alas. “¡La Lita es como un pajarito, mami, sólo le falta volar!”. “¡Guuuau!”, respondo yo, para que Claudio se de cuenta de que ni soy ratón, ni pajarito, sino perrito. Pe-rri-to. ¡Qué inmenso es el centro comercial! Como un volcán. Enseguida me entra un tremendo miedo a pasar bajo el arco principal de “Bienvenidos”. Me hago un ovillo en la mochila portaperritos y sin querer caigo, puro peso pluma, desde el fondo hasta el suelo y del impacto quedo atontada, sin decir un “¡ay!, esta boca es mía”. Los demás siguen sin mí y yo siento que me he lastimado una patita. Aún así, me arrastro y consigo llegar un poco más allá del arco. Después pienso que lo mejor es no moverme, que notarán mi ausencia y volverán a por mí, pero hace frío y está lloviendo y nadie viene. La nieve se funde en el suelo y vuelve a caer del cielo…De pronto, unos ojos grises con motitas amarillas me miran con dulzura, y siento el cosquilleo de muchos besos que me despiertan del profundo sueño en el que me había sumido (Pongo me llamaba, desde la Luna). “Sí, eres Lita. Balalaika-Lita. Tu familia está preocupadísima. Ven conmigo, cosita”. Allí estaban, al fondo. No habían comprado nada. La mamá de Claudio lloraba, sin ningún tipo de vergüenza. Y los demás también un poco, por dentro.

¡Eh!, que tengo novio

He cumplido cinco meses y mido quince centímetros, lo que me deja a la altura de un Chihuahua. No están mal los chihuahuas, aunque son un poco descarados y te piropean como si fueras la reina de la jauría. Claro que yo, con mi tamaño, si consigo ennoviarme con un Chihuahua ya habré llegado a mucho, porque ni con tacones puedo subirme en el coche (es un decir). Total, que sigo tan chiquitina como cuando era bebita, y ya todos dan por sentado que bebita seré siempre. Sin embargo, yo ya he desarrollado mis instintos, y soy por completo adulta. Así que me mata cada vez que Claudio o su Mamá me disfrazan de nena con baberito y sonaja. ¡Si ellos supieran que cada noche me carteo con aullidos con un callejero el doble de mi tamaño y ¡tan guapo! Probablemente tenga las mil razas mezcladas en su sangre, sin dejar de ser por eso el mandamás de la manada. Esta noche hemos quedado de conocernos. Yo atravesaré mi parte de la verja, y él la suya.

Me acuerdo de las palabras de mi madre cuando le siento cerca y le veo por vez primera. El alma es extensa, eterna, infinita. En la luna, un perro aúlla, contento.

-Balalaika, Lita…

-Sí.

-Faro.

Nos olfateamos y muy pronto estamos prendidos uno del cuello del otro. A él no le importa que yo sea chiquita; antes bien, me rodea con las patas delanteras en un abrazo que yo sé, que yo siento, es de amor…

Y puede que haga frío en Moscú, y que en México/Méjico no haya nieve salvo en los volcanes, puede que haya un perro en la luna y puede que haya un beagle enano con un alma grande, grande, grande acurrucada en el pecho de Faro…