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Domingo, 15 Octubre 2017 11:47

Buffy, el perro del infierno - Cuento de Mascotas

La gacela tenía los ojos grandes y bellos. Me miraban desde la distancia, con una pureza inusitada en un animal de la sabana. Yo tenía mi rifle apuntado hacia su frente y ella había agachado la cabeza, como aceptando su destino. Pero, justo en aquel momento, el recuerdo de Buffy vino a mí y mis manos y mis brazos comenzaron a temblar inopinada, bruscamente, hasta que caí hacia atrás en el suelo y me herí la espalda, y el tiro se fue al aire. El animal no se movió, sino que siguió mirándome con sus ojos tristes y pensativos. Vosotros sois mejor que yo jueces y fiscales en esta causa: yo quería matar a la gacela y ella quería vivir. La seguí hasta su escondrijo y con asombro descubrí que tenía tres magníficas crías sin destetar aún. Eran, junto con mis hijos, la cosa más bonita que había visto nunca. El suave cabello crespo en la nuca, las manchas de nacimiento en los cuartos traseros, los cuernos incipientes. La madre se mantenía todo el tiempo lejos de mí, pero tranquila. Sin embargo, cuando fui a acariciar a su prole, emitió un aullido de dolor que me hizo volverme y contemplar la angustia en el fondo de sus ojos.

Así que me alejé unos metros, hasta que la madre gacela dejó de lanzar esos espantosos sonidos. Yo mismo tenía el corazón a punto de desbocárseme, porque pensé que la gacela me atacaría con toda su furia. Aún así, me restaba un ápice de valor para hacer lo que hice. Por la otra boca de la madriguera había una salida de aire, y allí me agazapé con mi cámara reflex Nikon y comencé a desplegar todas las instantáneas que me permitieron mis dos carretes. La gacela permaneció quieta y sus hijos, profundamente dormidos, también. Disparé. Por supuesto que disparé. Pero no proyectiles, sino fotografías. Doscientas, trescientas, sobre los cuerpos en una suerte de bendita hibernación. Ni se les oía respirar. De pronto, la gacela emitió un chidillito que me hizo volverme hacia ella: “Ayúdame”, parecían decir sus ojos. “Ayúdame, por favor”. Y lo que decían sus ojos lo corroboraba su boca. Huí.

Buffy el perro del infierno, gacela

De nuevo en California, volví a mis conferencias y a mis presentaciones de libros, pero no pude olvidarme de mi aventura cinegética. El episodio de la gacela se repetía en mi cabeza todas las noches, y se mezclaba con el recuerdo borroso de Buffy saltando en algún rincón del jardín, buscando su pelota o su frisbee. Llegó el momento del revelado. Al principio pensé que se trataba de una broma macabra, de un error de carrete (hay que llevarlos a la tienda de nuevo para quitarles el precinto) o, simplemente, la pesadilla de un Buffy reencarnado. Porque Buffy era, para que me entendáis, un perro infernal. No es que fuera malo (hay muchas personas buenas en el Infierno, y si no que se lo pregunten a Ronald Reagan o a Vivien Leigh). Buffy era, pura y llanamente, infernal. Escupía fuego, podía electrocutar con la mirada, volaba y un sin fin de proezas más. Pues bien, los hijos de la gacela eran desgraciados monstruos a cual más deformado. ¡No podía ser! ¡Si yo mismo comprobé que se trataba de auténticas bellezas! Gaia, la naturaleza, me había tendido una trampa. Buffy era todas y cada una de las pequeñas bestias de la madriguera en Kuala Lumpur. Y yo tenía miedo. Una sensación de pánico indefinida, blanda y pastosa, me iba rodeando con sus tentáculos. Pero guardé las fotos y, mal que bien, me fui a dormir.

Ahora que os he contado el episodio de la gacela, quizás haya llegado la hora de que os cuente también la historia de Buffy, y pueda encontrar la paz su espíritu inquieto. Mi esposa y yo queríamos adoptar un cachorro para Eden y Marc, nuestros hijos, que por entonces tenían siete y nueve años, y pasaban el día jugando en su cuarto a la consola, sin que un pobre rayo de luz acariciase sus rubicundos cuerpecillos. A mí me gustó Buffy desde el principio, porque era muy activo, y enseguida se hizo mi amigo. La primera semana no hubo problema. Los niños estaban encantados, y pasaban gran parte de su tiempo libre con el perrillo en el recinto del jardín, mientras mi esposa lo sacaba a pasear por las mañanas antes de ir al trabajo. Era obediente y gracioso, de nervios templados y lleno de energía. Pero justo el día ocho de agosto del año 1988, Buffy entró en una especie de coma (no puedo explicarlo de otra manera) y así estuvo tres días. Cuando volvió, no era Buffy, era el Cujo rabioso de Stephen King, con la diferencia de que a nuestro Buffy no le había mordido ninguna rata ni, según certificó Oliver, nuestro veterinario, tenía enfermedad alguna. Simplemente era un perro del infierno y nos quería, pero a su manera.

Buffy comenzó a transformarse cuando cumplió tres meses. Colmillos gigantes aparecieron en su boca y dos protuberancias informes entre las orejas. Los ojos se le empequeñecieron y dejó de distinguir colores y formas. Veía gracias a los rayos X que como una pátina brillante le habían crecido por encima de la córnea. Escupía fuego cuando se enfadaba, cosa que ocurría muy a menudo, sobre todo cuando alguien tenía la estúpida idea de poner en la tele Con ocho basta. Comenzó levitando y después volando, y así es como le perdimos, un día de feria, un 9 de septiembre de 1999, justo once años, un mes y un día después de que comenzara el episodio.

Como consecuencia de todos estos cambios, tuvimos que mudarnos de barrio y comprar una caravana para ir mudando de sitio a cada poco. También ocultamos a Buffy dentro de una caseta especialmente construida para él, en el interior mismo de nuestra roulotte. Si alguna vez (escasas y contadas fueron) algún perro se acercó por nuestros dominios, salía aullando y con el rabo entre las patas. Buffy tenía poderes sobrenaturales infinitos. Su único punto flaco eran los niños. Claire y yo lo sobrellevábamos, aunque unas veces nos hacía caso y otras no. Pero a Eden y Marc los idolatraba. Alguna inocente travesura, como volar en noche cerrada sobre el patio del colegio, nos causó más de un disgusto. Llevo callando más de siete años, pero ahora estoy dispuesto a contar el desenlace de la historia de la gacela y las fotos, y de cómo todo está conectado, al menos, en mi memoria.

Mi profesión de freelance me ha llevado a visitar muchos lugares, a conocer a mucha gente, a tener experiencias de todo tipo. Me he hecho duro, una versión de mí mismo con chaqueta metálica. Todo me resbala, excepto Claire y los niños, junto con mi pequeño Buffy. Cuando huyó, pusimos carteles en todas partes. Lo anunciamos en el periódico y hasta en el altavoz del ayuntamiento de nuestro distrito. Nada. Buffy se había desvanecido en el fino aire septembrino. Y ahora que miraba y remiraba estas fotos, con tres Buffies mirando a su vez al objetivo, desafiantes, me di cuenta de que la delgada línea entre la locura y la cordura es eso, muy delgada.

Antes de darme cuenta tenía los billetes de avión en la mano. Conocía de sobra el destino, el momento parado en el tiempo del disparo equívoco… Y ahora tenía que destruir a las bestias en honor a Buffy, que todavía estaría orbitando por la tierra provocando, feliz, destrucciones, mareas y algún que otro terremoto que mi Nikon registraría, dando de paso con el causante, una vez que hubiera pasado por el filtro de revelado.

No encontré a la gacela ni a sus hijos. Todo lo que quedaba en la madriguera eran unos pequeños huesos como de perro, un frisbee y una sucia pelota de baseball de los Gigantes del 73. Algo es algo.